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Luis Ortigoza se despide de los escenarios

(Fotografía Patricio Melo)

Luis Ortigoza, uno de los más grandes bailarines del mundo de la danza y parte fundamental de la Compañía por casi treinta años, se despide de los escenarios para comenzar un nuevo camino en el mundo del ballet, ahora como asistente de dirección del Ballet de Santiago.

Inició sus estudios en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón a cargo del maestro Mario Galizzi, en 1988 ingresó al Teatro Argentino de La Plata y se integró al Ballet de Santiago como cuerpo de baile. En 1989 fue ascendido a solista y en 1990, a primer bailarín, luego de ganar Medalla de Plata en el IV Concurso Internacional de Ballet de Jackson Mississippi.

Su pulida técnica y gran versatilidad artística le permitió abordar reconocidos repertorios de grandes coreógrafos como John Cranko, Kenneth MacMillan y George Balanchine entre otros, incluyendo obras como ManonRomeo y Julieta y El lago de los cisnes. Este talento le hizo ser merecedor de dos nominaciones al prestigioso Premio Benois de la Danse por su interpretación de Drosselmayer y el Príncipe en el Cascanueces (Nureyev) y por Don José de Carmen (Haydée), papel por el que fue ovacionado en su presentación en el Teatro Bolshoi. Además, recibió varios premios en nuestro país y en Argentina.

A lo largo de su carrera, tuvo la oportunidad de trabajar con importantes personalidades como Marcia Haydée e Ivan Nagy y de bailar con figuras estrellas como la bailarina Sara Nieto y Marcela Goicoechea. En 2007 estrenó su primera producción coreográfica, La bayadera y bajo la dirección artística de  Marcia Haydée, fue incorporado al staff de la Compañía y nombrado primer bailarín estrella del Ballet de Santiago. En 2014, el Honorable Congreso de la República de Chile le concedió la nacionalidad por gracia y la Medalla al Mérito por su aporte al ballet y la cultura del país, lo que marcó uno de los mayores hitos en su vida.

Uno de sus interpretaciones favoritas fue la del príncipe Rudolf en Mayerling, un rol de un hombre de carne y hueso que le implicó un desafío técnico y artístico. Pero ninguna de sus interpretaciones tendrían sentido sin el motor fundamental que le permitió plantarse arriba del escenario, el público: “En estos últimos años, pasó algo que jamás pensé que podía pasar en Chile con un bailarín de ballet: se creó un club de fans, que me brinda mucho apoyo y cariño (…) Mi objetivo siempre fue trasmitir una emoción, un estado de ánimo y estoy seguro que a la gente le llegó. Me han pasado cosas muy conmovedoras, por ejemplo, algunos me han escrito que, aún estando enfermos, se han levantado para verme bailar.  Eso es muy especial y, por ello, sólo puedo decirles que estoy inmensamente agradecido, feliz de haber contribuido en algo y de haber llegado al alma de las personas”.

Precisamente con el ballet Mayerling y con el rol del Príncipe Rudolf, es que Ortigoza le dijo adiós a los escenarios el pasado 18 de abril, para así dedicarse a trabajar con las futuras generaciones de bailarines del Ballet de Santiago y seguir contribuyendo a la cultura y labor artística del país y del Teatro Municipal.

Por Pilar Corcuera

Edición: Paloma Rodríguez

20 de abril del 2016